miércoles, 18 de septiembre de 2013

Playa, gaviotas y un cigarro



Descripción

 Un sinfín de gaviotas revoloteaban en el aire, como asustadas, moviendo sus enclenques alas cubiertas de vistosas plumas de ébano. Confúndanse en la espesa niebla color panza de burro, y escuchaba su aleteo débil: zus, zus y nuevamente su perturbable aleteo, atiborraba la percepción de esa imagen inmóvil y augusta a lo lejos.

Sus orillas húmedas y espumosas remembraban a los años seniles de mi infancia. Pintadas de un marrón opaco casi canela, en la que inmóvil soberana surgían de sus entrañas perlinas miles de errantes pájaros que serpenteaban en el aire.

En el horizonte de matiz azul metálico, sentía a la densa niebla gris, ensimismarse en las crestas de las olas de burbujitas efervescentes. Y me traían ese olor a sales y tierra mojada, a pescados y a pequeñitos moluscos malolientes.

El sonido perpetuo de las olas ronroneaba en mis oídos y rompía el mutismo de la soledad que aquel ser adoraba. A los lejos observaba la reventazón que salpicaba su llamarada de pequeñas gotitas espumosas sobre los rostros cansados y quijotescos de los pescadores del muelle.

Su silueta voluminosa e imperturbable, como un inmóvil tótem, reposaba silente en las húmedas arenas. Observaba el orto gris azulado con una intención sibilina, a la vez, entrecruzaba sus brazos encima de sus rodillas, mientras se desgataba efímeramente el cigarrillo de clavo que sujetaban sus gruesos y temblorosos dedos.

Traía puesto un suéter de lana color caqui ceñido a su figura rechoncha sus ojos alicaídos por los lapsos inclementes del tiempo parecían extraerle algo al bello lienzo que se proyectaba a través de sus anteojos bifocales.

Sus labios belfos, inmóviles. Sus mejillas y orejitas como signos de interrogación parecían ruborizarse por una hemorragia de nostalgias e ilusiones. Su cuello con los surcos de las venas en su garganta se pegaba a su torso casi sin dejar espacio entre sus hombros y su cabeza su nariz ancha y rojiza cabellos cenizos y sombríos. Sonrisa a media asta. Mirada bucanera indagándole al oráculo onírico de sus sienes.


Su cigarro de clavo cae lentamente en la arena húmeda color canela .Apagase ya su pequeño candil humeante. Y él, aquel ser de solemne efigie se levanta junto a la mancha amorfa de gaviotas que atraviesan la espesa niebla matutina.

viernes, 23 de agosto de 2013

Aquel libro


Relato




Un día, hace más de diez años, Cecilia, mi madre, me regalo un libro. Me dijo que se lo había obsequiado la señora donde ella trabajaba lo contemple de una manera extraña, sin prestarle importancia. Estaba viejo y algo terroso. Tenía una portada de color naranja y sus hojas estaban ligeramente amarillas. Al reverso tenía la imagen de un señor fumando un cigarrillo. Trate de buscar entre sus hojas algún dibujo que llamara mi atención, y después de deshojarlo, descubrí que estaba colmado de pequeñas letras que apenas podía observar lo seguí mirando, y cuando me di cuenta, que no podía jugar con él, lo guarde en el cajón de mi mesa de noche y lo deje dormir la larga siesta de los olvidados. Tenía apenas seis años.

Años más tarde, en el verano de 1999, por aquellas casualidades de la vida- que tal vez sean artimañas del destino-, encontré en el cajoncito de la mesa de noche, ya carcomida por las polillas y desterrada al perpetuo rincón del olvido, amontonado junto a otras cosas ya inservibles, el libro que me había regalado mi madre.

Estaba más viejo y terroso que antes apolillado y ambarino. Entristecido por el paso del tiempo, callado y ciego. Lo tome entre mis manos, lo desempolvé y leí por primera vez las letras negras de la portada


La Palabra del Mudo
Julio Ramón Ribeyro

Le pregunte a mi mamá si los mudos podían hablar. “Como van a hablar, Héctor, no me hagas reír”. Le enseñe lo que decía el libro, y ella me dijo que lo leyera, que tal vez así podría entender lo que significaba. Esa curiosidad, propia de los últimos años de la niñez, me empujó a leer el libro. Deje el trompo y las bolinchas de lado por un momento, y me enfrasque en una lucha sin tregua, ante aquel objeto, que me escondía, sin siquiera imaginarlo, un mundo lleno de fantasías, de ilusiones, de demencias, de ficciones, de soledades, de gallinazos sin plumas, de Silvios, de botellas de chicha. Un mundo de Quecas y de alienaciones.

Aquel libro fue el comienzo de un amor insaciable, de quimeras eternas, de orgasmos incomprendidos, de noche de desvelo, de ocasos embusteros, de mentiras por doquier, de vidas inventadas, de pasiones incitadas por un no sé qué.

Ahora que lo tengo entre mis manos nuevamente, y que lo miro con una nostalgia única, le agradezco, y sé que él simula escucharme. Ya no está solo, ya no está olvidado porque desde aquel día, hace ya más de diez años, se unió conmigo, con mis recuerdos, con mis palabras. Le agradezco porque me permitió soñar, destruir la carcoma del tiempo, llegar a lugares que nunca he visitado e imaginar cientos de rostros que jamás he conocido. Le agradezco porque sin él no hubiese conocido la literatura, y ella, celosa e incomprendida, como siempre, no me hubiese permitido conocer a Ulises y a su increíble ingenio, al demente e idealista don Quijote, ni siquiera a la bella y lujuriosa Madamme Bovary.

Porque gracias a ella, pude conocer a la inocente Nela, ciega y fea, al obstinado y orgulloso Aureliano Buendía, a la pragmática y frívola niña mala, y al obsesivo y celoso Juan Pablo Castel.

Porque aquella es la literatura, un constante mentir, una suplantación de la realidad, un golpe que derriba las fronteras de la ignorancia, que tumba dictaduras, que colonializa ideologías, a la que no le importan las clases sociales, porque en ella el pobre es el rico y el rico es el pobre, a la que no le importa si el lector cree en Cristo, Buda o Alá; si viste corbata, andrajos o kimono.

Aún recuerdo ese verano, en el que Enrique y Efraín, sucios y descalzos, caminando con sus cubos repletos de desperdicios, me invitaron a conocer un mundo fascinante.



miércoles, 24 de julio de 2013

Clavas en el aire





Reportaje

El semáforo en rojo parece caramelo de fresa. Tres personajes extraños corren hacía el crucero peatonal. Treinta segundos, al parecer efímeros, lo son todo. Las clavas en el aire parecen girar como hélices, mientras tres pelotitas rojas se suceden una tras otra en un rítmico vaivén. Dos machetes cortan el aire y vuelven a caer en las manos de su dueño. El semáforo expira sus últimos segundos. Uno de ellos, recorre la ventanilla de los autos, un sombrero viejo sirve de depósito para la propina de los conductores, y un gracias se conjuga con una sonrisa de satisfacción. El semáforo inclemente cambia su color: caramelo de manzana.

El sol calienta sus cabellos alborotados, la plazuela es el refugio perfecto, y el lugar idóneo para esperar el cambio de luz en el semáforo. La primera faena no ha sido tan buena, pero aún esperan muchas, pues el día recién se levanta.


Uno de esos tres personajes es Joel, un joven de veinte años de edad, que por motivos económicos dejó la universidad y se dedicó exclusivamente a llevar esta vida errante difundiendo el arte urbano en cada parque y semáforo en donde haya un espacio, y algunos segundos, para expresarlo.

“Quiero mostrarle mi arte a la gente, y enseñarle que esto vale más que mil palabras, quiero que ellos sientan en el silencio de nosotros, lo mismo que sentimos cuando vemos una clava en el aire”, nos dice “El rasta” como le dicen sus amigos de oficio. Él nos cuenta que aprender el oficio no fue fácil, le llevó y le lleva muchas horas de práctica, pues al anochecer, cuando la faena está acabando y el tráfico es cada vez menos, Joel, regresa a la plazuelita del pintor y junto con sus compañeros de trabajo se adueñan del lugar para tratar de componer una nueva sinfonía en los aires.

“A veces la chamba es buena, puedo llegar a sacar hasta cincuenta soles diarios. Pero cuando los días son malos, apenas uno saca para el almuerzo”. Joel sabe que no todos los días son iguales, además el no es el único malabarista del semáforo, dos “mochileros” colombianos y una muchachita argentina, comparten el arte y las propinas. Pero el no solo es malabarista, también es un “artesano del asfalto” como prefieren que le digan, pues vende su bisutería y expresa su pensar a través del Hip-Hop que tanto le gusta.

Un simple cálculo matemático nos podría brindar un aproximado de lo que puede ganar Joel, y no solo él, sino cualquier malabarista que se pare en un semáforo. Parándose veinticinco veces diarias en un semáforo, y recaudando dos soles por espectáculo, Joel tendría ya cincuenta soles diarios. A la semana, descansando los domingos, obtendría ya trescientos soles, y al mes tendría ya ganados un aproximado de mil doscientos soles, mucho más que un sueldo mínimo. Vaya que rentable.       

Un obstáculo que su estilo de vida y su forma de trabajo debe sortear cada día, aparte de la indiferencia de algunas personas que los ven como locos, es la intolerancia de la policía que los obliga muchas veces a abandonar la zona, y los acusa de ladrones y drogadictos. “Nosotros no le robamos a nadie, le ofrecemos al conductor un momento de relajo mientras la luz del semáforo cambia, ellos son libres de ofrecernos una propina, si no quieren igual le agradecemos”.


La noche piurana nos extiende sus brazos. El cielo obnubilado acoge a los hijos de la calle. Joel, guarda sus clavas y pelotitas en el morral. Los colombianos suben a sus monociclos buscando realizar una nueva pirueta. La damita argentina bebe de su mate. “El rasta” nos mira y sonríe, la mochila pesa, la calle ya no suena, el asfalto se entumece por el frío. Dos locos llevan su bohemia a cuestas. Joel dobla la esquina y nos levanta la mano en señal de adiós. El semáforo parpadea: amarillo, como una luciérnaga.  

jueves, 27 de junio de 2013

El día que asesinaron a Pierina
Crónica



El resquicio de la puerta dejaba entrar los primeros rayos del alba.

El eterno cielo color ceniza, taciturno y monótono. El barrendero a punto de terminar su faena. La espesa niebla limeña que impide ver los objetos. La ciudad, aún sonámbula, se levanta en puntillas. Las personas como fantasmas. El caminar lerdo de los noctámbulos cargando su tristeza. El canillita de la esquina tiritándose de frío. Así se dibujaba la hora azul el día de aquel asesinato.

El silencio perturbado. Gritos. El sonido sordo de la puerta al cerrarse. Pasos. El ruido de los tacones marcando cada segundo. El sueño que se interrumpe tras el umbral de la calma. Sus ojos. Sus manos, sus largas, larguísimas uñas de arpía. Nuevamente esos ojos. Esos malditos ojos que auguran la muerte.

Lunes. Noviembre catorce. Su inocente cuerpo desnudo. Los golpes que amoratan su piel canela. Su mirada perdida, resignada. Lágrimas que recorren sus mejillas rojizas, heridas por esas manos que jamás la acariciaron. Sus gemidos, palabras vanas buscando algún motivo. Los escasos recuerdos sucediéndose uno a uno. El agua que golpea las baldosas y penetra por su cuerpo, enclenque y huesudo. Fría. Friísima. Sus manos heridas tocando sus ridículos cabellos que se erigen como púas robándole su femineidad. La atmósfera que fluye por el tragaluz. El castañeo de sus dientes, interminable. Los gritos, nuevamente esos gritos. Sus ojos, iracundos y abominables, los mismos que presenciaron su primer llanto.
Si madre se acercó a ella, despiadada, como posesa por un demonio. Ella, seguía desnuda, acurrucada en el rincón del baño, temblando de frío. Traía consigo un palo de madera. Su cuerpo indefenso impidió que se moviera. Su llanto interminable. La sangre corre por su cándido sexo. La inocencia que perece, falsaria. Un finísimo hilo de sangre recorre la habitación. El reloj que marca las siete de la mañana. La agonía de la muerte que se niega acabar.
 
A pesar de todo le decía mamá. Le pedía perdón, perdón por haberse portado mal. Ajenos al calvario de la muerte, dormían sus otros dos hijos. Isabel entró al cuarto, y entre los cajones de la mesa de noche halló una aguja y un ovillo de hilo negro. Regresó al baño, donde aún se escuchaban los lamentos. Varias voces retumbaron en su mente, cegándola e incitándola.

Pierina tenía los labios azules, ensangrentados. La punta de la aguja en cada hincar desgarraba si boca, acabando con sus gritos, llevándose consigo su incontenible sonrisa. La puntada que atraviesa su corazón. Nuevamente los recuerdos, aquellos gratos recuerdos de la infancia, aquel corto tiempo de sonrisas, de abrazos ajenos a los de su madre. La muerte, piadosa, le regala los últimos recuerdos, efímeros. El hilo negro que atrapa su sonrisa. La mañana transcurre con su gris perpetuo. El reloj que no detiene su paso. La muerte que no llega y alarga la agonía.

Los golpes cesan. Pierina reposa su cuerpo desnudo, húmedo, frío, ensangrentado. Una pequeña colchoneta parece ser su cama, su tumba, su descanso. El sonido de la puerta al cerrarse. El silencio como una espiral recorre la habitación. Una última lágrima surca su mejilla. La vida que suplica morir, la muerte que al fin se apiada.

La misma tarde del asesinato, Isabel saco el cuerpo envuelto en una sábana. Una supuesta cómplice la acompañó, y juntas detuvieron un auto Station Vagon a las afueras del departamento. Minutos después, regresó con el cuerpo. La tarde, el cielo siempre gris, esta vez más oscuro. La avenida universitaria con su peculiar bullicio vespertino.

Ya en la noche, peritos de criminalística acuden al lugar del filicidio. Observan el cadáver, rígido y cárdeno. Lo miran con ojos de asombro, de terror. Miran sus labios cosidos, su sexo desgarrado, su cabeza rapada. Recogen un palo de escoba en la escena del crimen u lo introducen en una bolsa. Hacen lo mismo con el cuerpo. Isabel parece llorar, parece mentir, parece haber recobrado la cordura. Una bolsa negra es llevada por los efectivos de la policía, bajan las escaleras lentamente. Salen a la calle, los vecinos se amontonan, encienden sus ojos curiosos. El cuerpo es dejado en la olla de la camioneta. Luces verdes y rojas giran como hélices y golpean la avenida.


El obnubilado cielo sanmiguelino va despidiendo el día. Las meretrices se adueñan de la noche. El semáforo de la esquina viboreando: rojo. Un borracho recorre la calle. La ciudad parece dormir. La hora siniestra comienza a dar sus primeros pasos.     

viernes, 22 de marzo de 2013


Esa palabra bendita llamada gol



El fútbol es el amor más largo y descabellado de nuestra vida. Es la pasión desesperada por los opuestos: pertenencia y privación, multitud y soledad, devoción y rencor, tristeza y alegría. Alejarse del fútbol es mutilar parte de nuestro corazón. Es el final de la infancia y el comienzo del hinchaje perpetuo. Es levantarse en la mañana y pensar en el partido de la noche. Es olvidar a los amigos, porque en el asfalto, o en el verde, parece disiparse la amistad. Es el amor que te hace querer tanto a alguien, o la cólera que te hace odiar sin estribos.

El fútbol es la discusión imperecedera con la gente. Es sentir ese no se que por alguna camiseta, por la celeste, por la azul o por la crema. “Porque en la vida un hombre puede cambiar de mujer, de partido político o de religión, pero no puede cambiar de equipo de futbol”. Es el juego de la pista, del patio del colegio, de la pared de tu casa o el garaje del vecino. Es el juego del balón, de la pelota de trapo, de la chapita o de la bola de papel porque todo vale a la hora de gritar un gol.

El futbol es la pasión que provoca lo indeseable o conquista lo imposible. El fútbol puede ser la rivalidad eterna, llamada clásico. El fútbol es Maradona y Pelé. Para mí es Zidane, para alguien tal vez Messi. El futbol es la jerga, la lisura, el cántico desaforado, el grito que lo engloba todo, porque no existe cosa más hermosa y sencilla que poder gritar- según reza una tautología en nuestro fútbol- esa palabra bendita llamada gol.     

miércoles, 16 de enero de 2013


Si inventáramos el amor...



Si inventáramos el amor nos tocaría a cada uno un trozo equitativo.

Si yo inventara el amor, le quitaría un poco de ilusión y le colocaría un pedazo de soledad. No le regalaría sueños noctámbulos, ni deseos famélicos, preferiría los amaneceres grisáceos y los ocasos naranjas.

Si tú inventaras el amor, en cambio, lo colmarías de magia y sonrisas amplias. Le agregarías desvelos eternos y un poco de música romántica.

Si yo inventara el amor, te hablaría de los versos de Neruda y de los sueños de Eguren. Y tú, tal vez, derrames una lágrima frente al muñeco de trapo y celuloide que atrapa tus sueños. Y quedes dormida como siempre, y yo, busque en Bécquer más poemas que te sonrojen.

Si yo inventara el amor, tú tendrías el cabello azul, la mirada ingenua, los ojos áureos, el rostro de muñeca, con las mejillas de colores y los labios granas, y la sonrisa, como una almita pura y juguetona.

Si yo inventara el amor, buscaría la noche, te hallaría en un lupanar con tu olor de hembra desesperante, tus senos nacarinos y tu sexo abominable. Pero si tú inventaras el amor, no me dejarías mirarte, y tu rostro estallaría como una diástole huyendo en la noche como una beata impía.

Si inventáramos el amor, nos levaríamos todo el tiempo del mundo, y nos faltaría tiempo para ponernos de acuerdo.

miércoles, 12 de diciembre de 2012


LA CIUDAD DE LOS ESPEJOS



Y hubo un pueblo una vez tan hermoso como el propio Edén. Rodeado por una enorme ciénaga, casi impenetrable, habitada por hermosas sirenas de piel rosada y canto lastimero. Donde las casas estaban hechas de paredes de espejo, y las cosas se señalaban con los dedos pues no tenían aún nombre propio. Donde vivía un orate idealista perpetuador de su nombre, hacedor de una estirpe sin gloria, fundador de un mundo condenado a la destrucción y al exterminio de su especie. Ese mundo albergo alguna vez a un harapiento gitano, dueño de mil inventos, conocedor de mil lenguas, autor de unos pergaminos indescifrables que traerían consigo una maldición apocalíptica. Allí vivió también, un obstinado y orgulloso coronel, combatiente de 32 guerras, dueño de mil hembras, con vástagos por doquier, que moriría años más tarde sin alguna explicación llevándose consigo la irremediable soledad de su existencia. Tiempo después, viviría allí, la mujer más hermosa del mundo; de cabellos verdes, de un olor inconfundible y desesperante, azote de los hombres, bañada de inocencia y virtud; que ascendería a los cielos con su magnífica desnudez huyendo de un mundo tan ajeno como ella. En las postrimerías de la existencia de aquel pueblo impensado, nacería el personaje más sabio de la estirpe, encerrado en su propio mundo, privilegiado con el conocimiento del amor, destinado a predecir los pergaminos del harapiento gitano y enamorarse de su tía. Como único testigo del amor, y cumpliéndose el presagio ya sabido desde los inicios, nacería aquel niño con cola de cerdo, y tal y como lo escribió aquel gitano; el niño fue devorado poco a poco por todas las hormigas del mundo; y el pueblo de los espejos fue desaparecido de la faz de la tierra y borrado de la memoria de los hombres, “pues las estirpes condenadas a cien años de soledad no tienen una segunda oportunidad sobre la tierra”.  

jueves, 29 de noviembre de 2012


Del trompo a los dados



De todas la Anitas que conozco,
la mayoría de ellas tienen algo en común: el erotismo.


Volví a escuchar aquella canción que trajo consigo los recuerdos más celebrados de mi pubertad. No recuerdo donde pude haberla escuchado nuevamente o fue simplemente un estribillo que pernoctó en mi memoria durante un sueño. Han pasado ya diez años, la pubertad se ha extinguido tras la quimera de los sueños rojos y la fugacidad del tiempo, y la conciencia ingrata fue escondiendo aquel lapso bajo el manto oscuro del olvido. Durante ese tiempo he conocido más Anitas pero aquella, aunque platónica e imposible, marco un comienzo en el comienzo de lo imperecedero.

La pubertad comenzó a devorar poco a poco a la niñez, obstinada y terca. Aún jugábamos al trompo y a las bolinchas, a las escondidas y al “San Miguel”. De pronto, comenzó a sonar horrible la voz en nuestras gargantas, nuestra estatura comenzó a crecer de manera extraña. Ahora ya no jugábamos a las escondidas, sino a la botella borracha. Ahora experimentábamos los primeros besos, lúdicos y bisoños. Ahora ya no nos cubríamos los ojos cuando veíamos cosas malas en la televisión. Ahora queríamos que llegara la noche y que Edith Piaf vuelva a endiosar su garganta invitándonos a ver “La presencia de Anita”.
Cosa extraña sucedía en mi barrio. Los adultos desaparecían de las esquinas, dejaban la “timba”, encendían los cigarros y corrían presurosos a la casa de don Dago –que cual cine abría sus puertas de par en par- justo a las nueve de la noche.

Nosotros, dejábamos la pelota por un momento, corríamos a la casa del “cebón” peleándonos un lugar en el sillón viejo de resortes salidos que estaba en la sala. El tío del cebón se iba a su cuarto y usando el pretexto de jugar Nintendo, prendíamos el televisor, bajamos el volumen y cada uno con la mirada, ansiosa y bucanera, le permitíamos a Anita robarnos la inocencia de la pubertad, a cambio que ella nos regale por primera vez las infinitas razones de nuestros desvelos.

Era la misma rutina de todos los días. Los adultos desaparecían a las nueve, las esquinas vacías con las barajas rotas, la calle gris y silenciosa, los arcos de ladrillos incólumes, la  pelota quieta bajo el sillón, la ninfa que nos abre los brazos y nos atrapa en su suelo de una hora. Durante un mes los adultos no hablaban de otra cosa por las noches, para nosotros las noches de fulbito se habían convertido en noches con Anita.
Ahora que ya han pasado diez años recuerdo con nostalgia aquel tiempo, aquel febrero, y vuelvo a ver a Anita, la responsable que dejáramos el trompo y las bolinchas, por los dados y las cometas. Porque durante un mes el barrio no fue el mismo, porque las noches no eran noches sino escuchábamos a Edith Piaf entonando en su idioma inentendible la canción de “La presencia de Anita”.  

viernes, 23 de noviembre de 2012


MOVADEF O NEOSENDERISMO


En las últimas semanas, es más en los últimos meses, los medios de comunicación nos han bombardeado con un acrónimo, tal vez, desconocido hasta entonces: Movadef. Fundado en noviembre del 2009, este movimiento fachada de Sendero Luminoso, es liderado literalmente por los abogados del diablo, Alfredo Crespo y Manuel Fajardo, defensores legales de los derechos de Abimael Guzmán. Sorprendentemente este movimiento “patético” ya cuenta con 2 500 miembros activos y 4 bases activas en países como Chile, Argentina, Bolivia y Francia, según una reciente investigación de la Dircote.

Esta reciente investigación “desnuda” las verdaderas intenciones y objetivos del movimiento. La Dircote ha establecido que el Movadef comenzó a gestarse por orden de Abimael Guzmán desde la Base Naval del Callao, por intermedio de sus abogados, y que lo integran en su gran mayoría senderistas que cumplieron condena por terrorismo, o cuyos procesos fueron anulados, y por familiares de subversivos presos, desaparecidos o fallecidos. A estos se suman jóvenes captados en las universidades.

"El Movadef justifica y exalta abiertamente los crímenes de Sendero Luminoso. Eso es apología del terrorismo, un delito sancionado por la ley", indicaron las fuentes.
Otro dato importante en la investigación de la Dircote es el presunto origen del Movadef. Afirman que dicho movimiento surgió en el discurso que improvisó Abimael Guzmán cuando fue presentado en traje a rayas y enjaulado, el 24 de septiembre de 1992.

Otro de los problemas de suma importancia para el estado es la propaganda mediática, “casi invisible”, que el Movadef está infiltrando en las universidades de todo el país. Un informe del programa periodístico Cuarto Poder afirma que el adoctrinamiento en las universidades había comenzado ya desde los primeros días de creación del movimiento. Esta agrupación que defiende el violento y criminal "pensamiento Gonzalo”, de Abimael Guzmán, ha logrado coexistir con otras agrupaciones de izquierda de las "casas de estudio", buscando ganar apoyo al reivindicar derechos estudiantiles y reclamos ante autoridades universitarias.
Según la Asamblea Nacional de Rectores, el Movadef tiene presencia en universidades de cinco regiones del país sin contar Lima, nada menos que en Huancavelica, Áncash, Puno, Cusco y Ayacucho.

Esperamos, que en nuestra universidad, estas huestes ideológicas del terrorismo no lleguen a infiltrarse y disfrazarse bajo los llamados grupos de izquierda, ni mucho menos adoctrinar a alumnos jóvenes que no conocen las maquiavélicas pretensiones de Sendero, ni siquiera el nefasto daño que causaron sus militantes a comienzo de los años ochenta. Es en este ámbito, donde el periodismo debe desempeñar el papel de nexo informativo para la población que ignora ciertos sucesos, para así poder frenar este vil contraataque por parte de las marionetas del camarada Gonzalo.

lunes, 19 de noviembre de 2012


Hablar de Héctor es...




Hablar de Héctor es tratar de subir al limbo del arte, es escuchar el efímero hechizo de su son caribeño, es sujetar un micrófono y cantarle a la melancolía, es pasar del mito a lo real, y tal vez volverse incrédulo, es ir por la calle y ver al pobre loco bailando la “Murga de Panama” y al delincuente idolatrar a un tal “Juanito alimaña”, es viajar a través del tiempo a un lugar inimaginable, es sentir la quimera de multitudes, es adentrarme al bongó de mi pecho, es estremecerse al vibrato de una letra de asfalto, es tanto y mucho, es poco y nada, es simplemente vagar por los recuerdos hedonistas y bohemios, es oír el pregón triste de un ser que reía al borde de la tarima de la fama.

Hablar de Héctor es saborear el vértigo urbano y el arrebato de su lírica, es habitar el microcosmos de lo inentendible, es también escuchar a Colón y su endemoniado trombón, es lamentarse y a la vez ufanarse de su existencia, es navegar al borde de un río de lava, caliente y peligroso como él mismo, es caminar por la cornisa de la seducción y encontrarse con una dama de blanco, misteriosa y prohibida.

Hablar de Héctor es penetrar en sus pasos mórbidos, es asomarse por la ventana del deleite y fabular, simplemente fabular; es imaginarse en la pachanga del sábado, es enamorarse sin conocer a la hembra, es lanzar un requiebro eufónico, es abocetar un lienzo infinito, es hablar de algo que se extingue y llorar, llorar a la estirpe condenada a vivir para siempre.         

viernes, 20 de enero de 2012

Sueño de Grau, caballero y héroe


  
Una mañana de hace poco más de cien años, en un tiempo en el que aún recuerdo con claridad, el almirante Miguel Grau, caballero y héroe, tuvo un sueño.
Soñó que se encontraba caminando por la cubierta de un barco inmenso, con pisos de cedro relucientes, con enormes velas de un lino impecable, con sogas de esparto sujetando sus enormes torres blindadas y de un mástil gigantesco donde soberana en su cima los vientos alisios flameaban una bandera difuminando en el vacio sus dos indelebles matices.
Se dio cuenta entonces que estaba solo, navegando sin rumbo en esa colosal bóveda celeste que él había conocido y amado ya desde sus primeros pasos. Se observó completamente, desde la punta de acero de sus botas nigérrimas hasta los galones de hilos dorados que tenía sobre los hombros. Se tocó el rostro con extrañeza pasando suavemente sus fuertes y reacios dedos sobre la inmensa barba que se cerraba sobre sus labios como si fuese un candado.
Nadie navega estos mares mejor que yo, se dijo Miguel, es hora de empezar la travesía.
Fue en ese momento entonces, cuando viró a estribor, sacó una pequeña brújula de su bolsillo y vio que la aguja imantada apuntaba hacia el norte. El majestuoso barco de blindajes de acero comenzó a dejar estelas infinitas a su paso. Decenas de pequeñas islas reverenciaban su camino marcial. Miles de especies marinas lo veneraban. Un harem de delfines exaltaba su vista danzando como odaliscas y brincando como saltimbanquis. Un sinfín de tentáculos limpiaban el reluciente casco broncíneo de su monitor sacando los abrojos y las rémoras.
De pronto, las espesas aguas del litoral comenzaron a embravecerse generando mareas incontenibles e indómitas que mecían de un lado a otro el alcázar en donde como un tótem omnipotente la figura del almirante Grau observaba aquel espectáculo, indiferente e incólume.
En aquel momento elevose de las profundidades del océano un enorme carruaje dorado tirado por un bellísimo hipocampo de crines de plata y una larguísima cola de sirena que serpenteaba en las aguas como un látigo. Su vistosa silla que llevaba sobre el pecho estaba sujeta de fortísimas sogas de esparto y cubierta de verdosas algas que desprendían un olor a madreselvas. Augusto y divino, con un enorme tridente de un plateado destellante sobre sus manos de gigante, se erigía en el centro del carruaje con su torso desnudo y su exótica barba, el mismísimo Poseidón.
El almirante Grau lo miró anonadado, con una cierta admiración que se le notaba en los ojos. Al ver que aquel carruaje dorado le impedía el paso a su monitor, el almirante salió de su portentoso alcázar, camino hacia la popa y mirando al ser divino con cierto aire de insolencia, le dijo:
-  Quién eres tú para atreverte a impedir mi paso.- pregunto el almirante.
-  Oh simple mortal, os pido por favor, reverenciar su presencia ante mi.- respondió el divino Poseidón dirigiéndole su aterradora mirada.
El almirante, desconocedor de la personalidad y el poder de aquel ser de extensas grebas blanquecinas, le exhorto a que se presentara. 
-  Ya que no me dejas continuar mi viaje, dime ¿cómo has de llamarte?- le dijo.
-  Acaso no me conocéis simple mortal.- asintió a decirle el cronida.- Soy el divino Poseidón, hijo del gran Cronos, y dios de todos los océanos.
Fue entonces cuando Grau se dio cuenta del poder divino que se personificaba ante sus pupilas. Sintió miedo, y sorprendido, se dio cuenta que por primera vez en la vida había sentido aquella sensación. Miró la brújula que llevaba en las manos, la aguja giraba como una hélice marcando cualquier dirección. El ocaso llegó pronto. El mar como un monstruo submarino comenzó a devorar el sol y el crepúsculo se instaló pintando los cúmulos color ceniza.
-  Ahora te das cuenta de mi poder, simple mortal.- enfatizó el cronida con su voz gutural como salida de las entrañas del océano.
-  Para qué me quieres, Poseidón.- contestó el almirante.
-  Los hombres ya no me veneran como antes. Me han olvidado, a mí. Se han olvidado que yo soy ¡el dueño y señor de estos mares! ¡Insolentes!.- enfatizó Poseidón golpeando su plateado tridente sobre las aguas.
-  Pero, eso en que me incumbe a mí, Poseidón.- preguntó el almirante.
El divino dios de los mares, de excelsa cabellera, sonrió sarcásticamente. El almirante lo observó con sus ojos plagados de estupor. El hipocampo bellísimo, de crines de plata, permanecía silente, alterando con su mutismo a las miles de especies marinas que impávidas observaban sus enormes escamas como ostras impregnadas a su cuerpo.
-  Vaya, vaya, gran almirante.- farfulló Poseidón- Es que acaso usted desconoce el legado que se cierne bajo sus aposentos.
El almirante miró contrariado al omnipotente dios. En efecto, parecía no comprender la intención sibilina de sus palabras. Su mente se precipitó, extraña e inusitada, a los recuerdos gratos de su vida. Recordó entonces, la solemne efigie de su padre, don Juan Manuel Grau, enseñándole por primera vez a su mirada de infante el extenso mar que llevaría su nombre. Sintió por primera vez el fulgor de los suspiros del sol tostar su piel. Añoró las caricias de su madre – la mamá María como él le llamaba- sus lágrimas como gemas recorriendo sus pómulos. De pronto el cielo se comenzó a teñir con el color del aluminio añejo. El tiempo rejuveneció efímeramente y las brisas dejaron de ser brisas, para convertirse en ventarrones.
-  Os propongo un trato, gran almirante.- sentenció el dios.
-  De qué se trata, Poseidón.- indagó el almirante con una notoria intriga.
-  Arrodillad ante mí tu ilustre figura, ínclito caballero, y así, mis infinitos vástagos rememorarán la grandeza de mi poder y verán que no eres más que un simple mortal.- afirmó el cronida.
-  No comprendo la intención de tus palabras, hijo de cronos,- contestó Grau ofendido.- pero jamás haré lo que me pides.
-  Esperad un momento gran almirante.- sentenció el dios.- aún no te he dicho la segunda parte del trato.
-  Pero…- balbuceó el almirante aturdido.
-  Si tú te dignas a cumplir el trato, gran almirante, os haré inmortal por la eternidad.- afirmó el divino hijo de Rea.- “Serás héroe…héroe y caballero”.
-  Agradezco tu beneplácito, divino Poseidón,- atinó a decir el almirante.- “pero si todos los héroes han de ser como yo, declaro que no haya héroes en el mundo”.
-  ¡Insolente!.- exclamó Poseidón haciendo embravecer aún más las aguas con su grito desencadenado.- Has rehusado a mi beneplácito. Entonces, el mismo mar que ha de llevar tu nombre ha de ser tu tumba.
La conciencia del almirante se colmó de un deja-vu de recuerdos. Caminó hacia su alcázar, y vio como sus paredes metálicas se manchaban con los recuerdos de su vida.
La figura de Dolores, o Lolita, aquella amante perfecta, aquella amiga, aquella madre, aquella mujer, cancerbera de sus más íntimos deseos, creadora de sus más sublimes emociones.
No logró comprender el significado de sus recuerdos. Poco a poco la pared metálica del alcázar se fue copando de fugaces imágenes. Recordó también, la heroica muerte del teniente Prat, los retratos de su familia dispersos en la cubierta de su corbeta, su reluciente espada, intacta y desenvainada. El grandioso capitán Elías Aguirre, también fue parte de sus recuerdos. Su enorme bigote, sus ojos pensativos, su sonrisa a media asta. De pronto, en el recóndito lugarcito que aún no se cubría en la pared del alcázar; Grau, el almirante Miguel Grau, vio en sus recuerdos al “Cochrane” acercarse lentamente dispuesto a dar el espolonazo.
Fue entonces, cuando el divino dios de grebas blanquecinas, hizo relinchar a su hipocampo golpeándolo con las enormes y gruesas sogas de esparto, y empuñando su plateado tridente apuntó hacia el monitor del almirante. Del nuboso cielo color aluminio ondeó un rayo como un fuego de San Telmo, y combinándose entonces el espectro fotoeléctrico con el  metálico tridente, volase de un solo rayo el alcázar donde soberano, el gran almirante divagaba en sus recuerdos.
Mientras su estoica silueta se hundía en las aguas que llevarían su nombre, su mirada, incólume y nubosa, presenció el éxodo bamboleante de una medusa, tan blanca como las espumas de las olas, y vio como aquella medusa abrazaba con sus miles de tentáculos a una enorme coral, tan roja como su propia sangre que fluía a borbotones. Fue allí entonces, en ese preciso momento, cuando su subconsciente, que se esfumaba ya por la fugacidad de la vida, le regaló aquella hermosa y última imagen.  

sábado, 3 de diciembre de 2011

Y vivieron felices...


Y vivieron felices y comieron perdices…y tal vez se empacharon.
Pienso, quizás, que el tema del cual oso escribir en estos momentos de ocio pueda resultarles pueril, sin importancia para muchos, ameno para pocos, tal vez digno de ser leído para unos cuantos.
Últimamente, en aquellas especies de tertulias literarias que suelo tener de vez en cuando con dos de mis entrañables, inconformistas y pragmáticos amigos de clase, suele brotar de alguna partícula navegante de nuestras sienes, el afanoso y siempre complicado, tema del desenlace.
Uno de ellos el más contestatario e inconformista me comenta, agrio y sumamente crítico, sobre el desenlace de una novela de Paulo Coelho, la recuerdo perfectamente se titula “Once Minutos”.
“Es una novela sosa, aburrida, sinceramente una de las peores que he leído”, me comenta con ese marcado gesto de fastidio ya propio de él. “Es pésimo el final”, añade. ¡Basta de los finales de telenovela mexicana, basta ya de los estúpidos finales felices!
Mi otro amigo, un asiduo lector, libertino en sus opiniones y casi siempre conciso en sus comentarios, afirma, compartiendo la opinión de mi contestatario amigo, al que pareciera nunca gustarle nada; ¡Dejémosle esos finales felices a los cuentos para niños, engañémoslos con que la vida tiene un final feliz!
Mi estado sigiloso es notorio. Mi faz dibuja una limpia sonrisa, fingida. Debo admitir que esa novela del ´pseudo-escritor’ brasileño, me gustó y que por algún tiempo la considere de mis favoritas. No me atreví a comentar sus intransigentes comentarios esta vez y aunque no me guste, los escuche y les di la razón, porque en realidad la tenían.
Que puede ser feliz en la vida, me puse a pensar. Acaso la vida puede tener un final feliz. Pues si es así, que alguien me lo diga. Yo no conozco más final que la muerte, y según a mi cabal pensamiento-que puede estar equivocado- no le atribuyo a la muerte el más mínimo rasgo de felicidad.
Creo yo que ni siquiera un héroe se siente feliz al momento de morir. Ni siquiera un condenado al patíbulo se atreve a llegar a los tablones donde risueña con su rostro inimaginado, sus dedos reumáticos de anciana y su hoz de un reluciente color metálico, le espera la fría muerte. Pues si hasta un desahuciado lucha por seguir viviendo.
¿Dime donde existe un final feliz? ¿Dime si la muerte puede ser felicidad? ¿Dime si la felicidad existe, o es una simple utopía creada por ese mismo ser que no conocemos?
Sólo me gustó una parte de esa novela.- me aclaró mi amigo interrumpiendo mi fugaz pensamiento. Te acuerdas de la escena del rojo y amarillo. Mi mente como un dejabu evoca rápidamente una magistral escena de sexo. Y me digo, no es que la novela haya sido mala, el final es horroroso.
Ah, seguro que te masturbaste.- acotó mi otro amigo con esa intención sibilina de sus palabras.
La explosión cómica no se hizo esperar. Y me di cuenta, quizás, que la felicidad existe, pero que es tan efímera que cuando nos damos cuenta que la tenemos, ella desaparece como la vida misma cuando menos lo pensamos. 



domingo, 6 de noviembre de 2011

Elegía a Anabel

Anabel, porque eres
la mentira inexistente.


Anabel, déjame ver tu úvula desnuda
Llorarle al canto de las quimeras,
Déjame verte Anabel, quizá por última vez,
Déjame escribirte aquel pueril verso prometido,
Te acuerdas Anabel, dime que te acuerdas.
Anabel, déjame poner tu nombre en estos versos,
Déjame cantarlos al olvido,
Y que el olvido, no te rienda cuentas,
Déjame como un vermífugo dormir
En su dulce nido.

Combatientes Otelos ya me han vencido,
Besos muertos, ensueños podridos,
Anabel, princesita vaporosa
Dime en qué mundo ahora te has escondido.
Me han contado que otros brazos te han tenido,
Por eso vas a morir en estos versos,
Vas a ver que a otras, muchas prefirieron,
Morir en el sarcófago de los sueños,
No como tu Anabel, que has muerto,
En el boceto eterno del dios que profesas.

Ahora Anabel, cabellitos submarinos,
Labios sangrientos, senos dormidos,
Ojitos titilantes, cintura venusiana.
Suspiras, Anabel, exhalas,
Te mueres, ¡no quiero que mueras!
Termina conmigo- me dices,
No Anabel, déjame terminar los versos,
Déjame naufragar en el olvido,
Déjame recordar por última vez,
El orto de tus besos púrpuras,
Déjame cabalgar tu monte Venus,
Déjame escucharte  por última vez,
Suplicante, Anabel, Anabel,
Todo fue un juego, Anabel.

lunes, 31 de octubre de 2011

El Cuerpo de Anabel

Anabel, tu cuerpo
es un arte líbido


Emerges de la nada, Anabel,
Desnuda ante mis ojos de neblí.

Emerges, Anabel, con tus pálidos senos
De nácar delicioso.

Anabel, hemorragia de nauseas subyacentes
Que brotan de la alcoba de mi pecho;
Yaces en los brazos de Morfeo;
Y yo, te veo dibujada en la mentira
Del mitómano más perfecto.

Anabel, déjame escalar por tu muslo,
Lamerlo, libar de su sudor etílico,
Déjame ver tu sexo húmedo.

Sin embargo, Anabel,
Déjame por última vez
Sentir la soledad que me corroe,
Ver su rostro senil,
Su carne flácida,
Déjame verla,

Para que cuando tú ya desvanezcas,
En Ítaca, exista aún, aquella Penélope.

Anabel, déjame ver tu pubis noctámbulo,
Dormir en el monte venus de tu misericordia,
Porque has sido tú, Anabel,
En mi vida,
La mentira más linda
Que ha podido existir.